FRONTERA SUR

Señoras chilenas, de Raúl Rivera

(Valdivia, 1926)







Señora Pérez, Sandoval, González,
señoras majestuosas
que crían diez chiquillos
y venden empanadas los domingos.
Señora de los pueblos más pequeños
de Pinto, de Tirúa,
de Rarinco y de Púa.
Señora de los barrios y recovas,
que se abre paso a risas
con su cesta de peras,
tomates y cilantro.
Grandes amigas de la sopa humeante
y el caldo de pescado.
Señora Torres, Álvarez, Rodríguez
que matricula al niño
y teje los zapatos
de la guagua de su hija
en Rengo, en Quilicura,
en Salamanca.
Matronas del lavado y de la huerta,
esposas del maestro carpintero
o viudas de sargento.
Vecina que en carreta soñadora
va a la feria los sábados,
por caminos de sol en Chillán Viejo,
por los barreales frescos
de Osorno o Río Bueno,
a vender unos pavos,
el chancho regalón
y dos sacos de trigo.
Señora nacional, usted que lucha
contra la borrachera del marido,
que coloca en la mesa
la sandía chorreante del verano,
que le arroja las migas del mantel
a sus cuatro gallinas.
Señora Carmen, Auristela, Eufemia,
usted le dice al niño que no debe mentir,
pone la escoba en manos de la chica,
administra las compras y decide,
arma los funerales y las fiestas
y si la apuran mucho
baila sus buenas cuecas.
Así la he conocido,
preparando la chicha en Villa Alegre,
remando en Chiloé,
friendo sopaipillas en Natales,
a la luz de una vela.
Con una dignidad tan manifiesta,
con principios morales tan exactos,
tan cumplida y benévola
que la miseria no le deja apenas
más que un olor a humo,
más que las manos ásperas
y el delantal con manchas de tristeza.
Y acaso el pelo blanco
y en la frente una arruga
por cada deudo muerto.
No importa.
Su corazón es firme y alentado
y su ánimo jocundo sobrevive al dolor
y al contratiempo.
Pese a sus peregrinas molestias y dolencias
no le ha de faltar Dios
con su trabajo
ni la ropa en la artesa.
Señora,
muchas veces me he preguntado
al verla,
quién reconoce en el fondo de su esfuerzo
la decencia,
la fuerza, el equilibrio
con que usted alimenta
a este duro,
a este largo país
con forma de hijo.








En Historia de la literatura de Magallanes, 1988









Fotografía: Jorge Unzon

5 comentarios:

Galo dijo...

Esta poesía la aprendí cuando tenía 9 años. Nunca la olvidé por la fuerza contenida en su texto; sin embargo, olvidé su autor. Hoy a los 61 me reencuentro con ella y me emociona, porque indudablemente hay recuerdos imperecederos vinculados a espacios, personas, cariños que se abrieron cada vez que la recité. Es un tributo maravilloso a la mujer chilena.

José Eduardo Barraza Suárez dijo...

Debe cambiar "Turquía" por "Tirúa"

Vivi Geeregat dijo...

Gracias José Eduardo, por tan importante acotación! :-)

Carlos dijo...

Una muy bella poesía, verdadera oda a la mujer, especialmente a la chilena.

Kloketen dijo...

Autor que vivio y trabajo en Puerto Natales y logro con poesia y textos teatrales ser uno de los precursores de la cultura en esa ciudad.