FRONTERA SUR

Mostrando entradas con la etiqueta Valdivia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valdivia. Mostrar todas las entradas

Tardes ociosas, de Reinaldo Molina

(1983 - 2009)





Estas son las mismas tardes ociosas y beodas
Que ha tenido este tipo durante algunos años

Toma una cerveza en el último rincón del bar
Piensa en tantas cosas: su vida habría tenido otro sentido
A no ser porque la existencia
Es un juego mentiroso

Pensó que después de todo su pobre vida miserable
Estaba escrita en la sangre

Beber cerveza aguada tampoco es algo tan malo

Una imagen se vuelve a extender sobre el corazón y los ojos
Siempre hay un amor que se termina esperando
Exigiendo de cierto modo cercanía a lo bello
La alegría que alguna vez no fue ajena

El pobre tipo tiene la sensación que con un recuerdo
Se iluminan todos los rincones
Afuera del bar cree que hay un sol veraniego
Que brilló en otros tiempos

Pero es martes y llueve sin tregua
Hace unas cuantas semanas.





En www.letras.s5.com




Invernadero, de Rodrigo Landaeta

(Santiago, 1976)






Las emociones deben escrutarse,
llegar a su fondo donde permanecen ocultas,
darles una forma presente.
Cuando en el cielo de la noche
un grupo delicado de nubes
vuelan con destino incierto,
o tumbado en la arena
observas en el cielo del día
el margen ovalado del mundo,
la profundidad de estas visiones
deben revelarte algo más que su apariencia.
Una emoción inscribe en la materia
una intangible catástrofe,
por eso quedamos por un tiempo indefinido
enterrados en el subsuelo de la memoria,
habitando un invernadero antiguo entre
las demás especies.




En Colección, 2008.

Regreso a Coyhaique, de Enrique Valdés

(Río Baker, 1943 - Valdivia, 2010)





Y ahora no te quejes
Te recibe tu tierra y su fragancia.
Vienen a esperarte tus hermanos al avión
Te llevan a la misma casa donde jugabas
Dormirás bajo los viejos árboles
que son el padre y son almohadas.

Hace frío es verdad. La cordillera
amanece con nieve.
Las nubes no dejar ver la luna nueva
Hay que sacar los guantes y la ropa gruesa
de los viejos baúles de la abuela.
De qué te quejas si lo tienes todo
El mismo barro en las cunetas
el rojo vivo de los ñires
el amarillo fuerte de los álamos
la tristeza feliz de tantas flores.

Esta es tu Patagonia de nostálgicas
cicatrices que dejaron huellas.
Pero es tu patria grande
tu morada
de todo lo que tienes y recuerdas.
Baja al arroyo donde te bañabas
con tu hermano menor
y donde transitaban las vecinas
en blanco delantal de colegialas.
Vuelve al rincón donde estudiabas
las partituras de músicas amables y mirabas
caer la noche en la ventana.

El tiempo ha podrido las maderas.
La madre más enferma.
Las desteñidas tablas te convidan.
La puerta te saluda y entras
a la cocina blanca donde antes
una mujer pequeña cocinaba.
La misma que ahora ya no sabe
a qué has venido, ni cómo te llamas.
Pero estás en tu suelo de fragancias
Lo demás es pasado. Y es nostalgia.



En Materia en tránsito, 1996

Espíritu, de Cristian Antüllangka

(Huiro, 1974)



todas íbamos a ser reinas
de cuatro reinas sobre el mar...
G. Mistral


Vuelvo al pueblo

a las mismas calles
que para ti fueron pasarelas
Los botes ya no te sueñan como a una sirena
y este año no te nombrarán
reina del mar
He vuelto a este pueblo
que capea el viento
detrás de los cerros
que se pierde bajo la lluvia
para que aquí alguien te recuerde
como la que no quería
su nombre en un bote
ni una lancha
sino irse en un trasatlántico
a las calles del mundo


Tu ausencia no ha cambiado nada

Los botes zarpan sin tu nombre
El pueblo perdido bajo la lluvia y el viento
se agarra de los cerros
Y yo como penitente he vuelto
a una gruta que ya no existe.



En La tarde cae en las hojas de los árboles, 2006


Fotografía: Erwin Quintupil




Señoras chilenas, de Raúl Rivera

(Valdivia, 1926)







Señora Pérez, Sandoval, González,
señoras majestuosas
que crían diez chiquillos
y venden empanadas los domingos.
Señora de los pueblos más pequeños
de Pinto, de Tirúa,
de Rarinco y de Púa.
Señora de los barrios y recovas,
que se abre paso a risas
con su cesta de peras,
tomates y cilantro.
Grandes amigas de la sopa humeante
y el caldo de pescado.
Señora Torres, Álvarez, Rodríguez
que matricula al niño
y teje los zapatos
de la guagua de su hija
en Rengo, en Quilicura,
en Salamanca.
Matronas del lavado y de la huerta,
esposas del maestro carpintero
o viudas de sargento.
Vecina que en carreta soñadora
va a la feria los sábados,
por caminos de sol en Chillán Viejo,
por los barreales frescos
de Osorno o Río Bueno,
a vender unos pavos,
el chancho regalón
y dos sacos de trigo.
Señora nacional, usted que lucha
contra la borrachera del marido,
que coloca en la mesa
la sandía chorreante del verano,
que le arroja las migas del mantel
a sus cuatro gallinas.
Señora Carmen, Auristela, Eufemia,
usted le dice al niño que no debe mentir,
pone la escoba en manos de la chica,
administra las compras y decide,
arma los funerales y las fiestas
y si la apuran mucho
baila sus buenas cuecas.
Así la he conocido,
preparando la chicha en Villa Alegre,
remando en Chiloé,
friendo sopaipillas en Natales,
a la luz de una vela.
Con una dignidad tan manifiesta,
con principios morales tan exactos,
tan cumplida y benévola
que la miseria no le deja apenas
más que un olor a humo,
más que las manos ásperas
y el delantal con manchas de tristeza.
Y acaso el pelo blanco
y en la frente una arruga
por cada deudo muerto.
No importa.
Su corazón es firme y alentado
y su ánimo jocundo sobrevive al dolor
y al contratiempo.
Pese a sus peregrinas molestias y dolencias
no le ha de faltar Dios
con su trabajo
ni la ropa en la artesa.
Señora,
muchas veces me he preguntado
al verla,
quién reconoce en el fondo de su esfuerzo
la decencia,
la fuerza, el equilibrio
con que usted alimenta
a este duro,
a este largo país
con forma de hijo.








En Historia de la literatura de Magallanes, 1988









Fotografía: Jorge Unzon

Notas para el reencuentro, de Antonia Torres

(Valdivia, 1975)






I

El despunte de tu rostro en la ventana
(una quebrada de Valparaíso al fondo)
es un gesto de romanticismo
aquí en Valdivia o en cualquier parte.
El aire es uno solo entre las dos ciudades
y tu barba oxidada
el viento marino quizás
es la más bella poda de otoño a la que haya asistido

II

Como tarde de domingo
entre café y los libros de siempre
un viento que trae pastosos canciones
(un viento literario, por cierto) lo desordena todo.
La vieja memoria confunde
tus recuerdos y los míos, un poco de nostalgia
el cóctel perfecto.

III

La plaza es una fotografía
(la intervención de lo real)
el desembarco en la ciudad-puerto de los encuentros
mi hombre-muelle en quien llevar a cabo

la puesta en escena de esas metáforas
que imagino en mis viajes (imaginarios también)
algunas figuras de una retórica manoseada
(como las bancas del muelle)
que ensayo en mis sueños hasta el cansancio
la ansiedad de atracar en ti
fondear, primero, tu desánimo
y allí
en el centro
otra vez
en la materialidad del abrazo
recrear
el lugar del poema.





En Las estaciones aéreas, 1999








Ofrenda, de Heddy Navarro

(Puerto Montt, 1944)







Nunca dejé una flor blanca en el altar del sol
de Macchu- Picchu

Jamás lancé el aroma de sus pétalos al pozo sagrado
de Chichén-Itzá
Tampoco escalé el rehue para ofrendar copihues
                        blancos

a Ngenechen

No me cogió un mozo gallardo por esposa
no desfloró mi piel su tacya
para que floreciera mi maíz

Más bien
sólo llevaron mis manos
papas entierradas
maquis oscuros como el silencio
Más bien
sólo lancé polluelos y huevos azules
como la gallina
que corretea asustada
detrás de la ruca del hombre.







En Palabra de mujer, 1984







Charla, de Andrés Anwandter

(Valdivia, 1974)







Porque ya no queda mucho
que ocultar, somos secretos
cuando hablamos.
            Las orejas
bien abiertas y los dientes
asomados, en señal
de confianza.
            Allanamos
las cuestiones, los caminos
con cautela.
            Nuestra charla
lleva voces camufladas
que en el humo las narices
no disciernen.
            Encontramos
el fracaso, donde todos
los demás han fracasado.






En Cantares. Nuevas voces de la poesía chilena, 2004.



La copia feliz del edén, de Álvaro Pereira

(Santiago, 1980)







(


Cuando al fin desperté tuve un libro entre las manos:
de las páginas emergían calles:
          árboles: pájaros:
          personas.
Certificadas las alambradas,
desplegados los hechos
pretendí que las personas se reconocieran con tan sólo mirarse:
         sin abecedario.
Yo adelgacé las luces de la casa para aumentar el efecto dominante de la lluvia:
          sobre cada escalón.
Digamos una patria como ella pero no conseguí olvidar
y esta fue la primera visión que tuve:
muerto y a pocos años de experiencia fuimos capaces de la vida que nos espera.

Porque siendo capaz de la poesía presentí un poco de ciudad
que nos iban removiendo a culatazos,
porque si callamos tanto fue porque otro tanto
queremos decir:
es una terrible mentira como los payasos
que van sacando un trapo de la boca,
un piano por la puerta, o el alma de los ojos.

          )






En Pájaros en la ciudad, 2010




Cómo me gusta tu cuerpo, de José Alfredo Pérez

(Valdivia, 1969)






Cómo me gusta

ese pedazo de ti...
alma de infinitas sonrisas
me conmocionas con tu ternura y sencillez

Recorro tu intimidad como ángel desbocado

y veo las caricias de tus labios
hablar a los vientos de belleza, cariño y ternura

Cómo me gusta tu cuerpo

dije una vez
al son de un bolero
mientras nuestras manos, afortunadas,
recorrían furtivas la oscuridad

Cómo me gusta

sentir tu cintura cuando el amor
nos convierte a la juventud

Desperté una tarde

al alero de tus ojos
mientras mis sueños recorrían, furtivos,
tu alma...


Cómo me gusta tu cuerpo

pensé
cuando tus labios
olvidaban mi caricia
y mi llanto nacía.









En Cómo me gusta tu cuerpo, 2009







Si fueras frágil..., de Carlos Cortínez

(Santiago, 1934)








Si fueras frágil
Como la pintura de las casas viejas
Si como una carta aérea
No excedieras mi palma

Si pudiera extrangular
Tu presencia
Viva
O hacer vivir en mí
De nuevo la infancia ya enterrada
Cuando aún tu osamenta
No fraguaba

Si libre al fin por sortilegio
Dueño de todos los caminos
Desligado de horarios e ideales
Lograra rescatar un día
Veinte horas solamente
Dejando el mundo intacto
Las montañas la distancia
La estupefacta mariposa atrapada
El metálico utensilio del orbe
Las uvas el cincel el odio las bacterias
Lo espantoso y lo débil
Pero sin ti

Sin siquiera tu lápida o tu olvido
Sin una huella tuya sin que nadie
Modelase ni por burla tu semblante
Con tu madre sofocada en su doncellez furibunda
Definitivamente solo

Así
Antes que yo
Alguien ha estado
Recuperándote en la noche más fría de tu ausencia
Defendiendo y enterrando la semilla
Con tu sangre
Insuflando en su horma única el oro transparente
Multiplicándote como un eco
Que se instala en el salón de la memoria
Alfombrada de espejos y de luces

Así alguien ha ido
Atestando las cimas y los valles
Con tus colores
Tiñendo las alas de las mariposas liberadas
Y en las grandes uvas del verano
Tus delicias tan odiadas

Así aunque se arañen todos los adobes
Y se destruyan todos los papeles
Escritos con tu nombre

Por si alguien vuelve a amarte
Con esta misma desesperación
De no perderte.








En Poesía Chilena (1960-1965),
1966








Fotografía: Nacho López






Óxido de olvido, de Jorge Torres

(Valdivia, 1948 - 2001)







Aunque aceptemos que el paisaje
no tiene dueño, y el supuesto
propietario es un pobre
sujeto que paga de mal talante sus impuestos,
siempre será furtiva nuestra mirada,
la mirada
del turista
(léase: viajero, transeúnte, pasajero caminante).
Siente que le roba a alguien la belleza de la campiña.
La primaveral florescencia de los manzanos.
El sonido del beso de la ola sobre la playa.
Las ingenuas rosas rubicundas.
El estío sobre la hierba
y todo eso.


Viene de un lugar vedado donde la perspectiva
es estrecha, oblicua.
Él nomás sabe cuánto
daño hace sobre el paisaje: esa mirada corrosiva
restándole color, envejeciéndola
hasta la evanescencia.


Por ello el sepia de las fotos no es sino la
ecuación de los colores: nostalgia y adioses,
o sea,
óxido de olvido.












En La dicha vacante, 1999.






Sur, de Clemente Riedemann

(Valdivia, 1953)








Al principio el sur era mi patio, el perfume de la magnolia entrando por la ventana en las mañanas del verano. Rumor de los vapores, los trenes, oleaje del río balanceando las totoras, la madre canturreando “el día que me quieras”;
Pero después fue cataclismo, inundación, barcos tumbados, locomotoras como cucarachas indefensas bajo el sol mortecino. Fue metralla, allanamiento, el padre y el hijo torturados uno frente al otro en los gimnasios;
Al principio el sur era mi patria, la bandera flameando en el pórtico, el alto tiuque vigilando los bosques, un niño reventando guatapiques;
Ahora el sur es una herida, cerrada pero viva, debajo de la piel, lagartija correteando en las murallas, canción susurrada en las esquinas.
Canción nueva para vivir el día, breve y a la vez infinito. Como un círculo, como un poema, como el amor. Quizás somos sólo una palabra.














En
http://suralidad.blogspot.com








Fotografía: Isabel Lipthay






Un rostro es un rostro en París, de Antonia Torres

(Valdivia, 1975)






Un rostro es un rostro en París
Campos Elíseos, Parque Luxemburgo
Sagrado Corazón
un rostro que espera es el tuyo y el mío
entre amapolas de todos colores
rostro que añoras
rostro de culpa y madre
rostros de gente en el metro
silentes y abstraídos
el rostro que enfrentan y niegan
rostro del padre muerto
el del esposo, la hija
que cruzan el parque, entre follaje y estatuas griegas.


Un rostro es el rostro
del hambre y el miedo
el retrato de la niñita que está por nacer
su estampa futura en el lápiz de un artista callejero.


El rostro es la foto que sacas en medio del tumulto,
entre tus cosas
escarbas
el tesoro como botín de guerra


y lloras.








En Orillas del tránsito, 2003





La reminiscencia del escote, de Hans Schuster

(Santiago, 1957)









En su dialecto de viuda mítica
desprendía su voz de lechuza
como si fuera a soltar
un palomo atrapado,
y sonreía
mostrando a las claras
sus desvergonzados pechos
galopando intactos,
hay que tener confianza
decía:
-entíbiese las manos
y pase para adentro,
el finadito
se fue con su visión beatífica,
de todos los vicios que tenía
me dejó el contra natura,
pase no más
y tome en posesión estas potencias
apetitosas,
lengüeteé no más y succione
que ya desplumaremos al polluelo-.







En Pernil de viuda, 2003





Progreso, de Verónica Zondek

(Santiago, 1953)





Lo sé sin traición ni documento.
Esta es mi casa y ya no es.
Hierven los recuerdos de escalón en escalón
y altísimos hasta el piso 15 se pierden en la nada del cielo
gris ahora y no azul del no, ya recuerdo.
Tres peldaños con pisadas y barro en la entrada
una herradura quejumbrosa en un clavo de la puerta
y un aura que defiende el hálito familiar.
Sí, un piso cuadriculado en la cocina
un pulcro tablero y una Clorinda para el buen aseo
un pan que presto se amasa en la memoria
un horno que cuece la torta del barro infantil.
Sí, recuerdo la sombra alternada de los postigos
y el eterno recuento de líneas en desvelo
y las voces celestiales
y también las otras
esas
las que amonestan
las que invaden mi cabeza en reposo pretendido
y obligan la lectura a la luz de una linterna
para que Dios mediante no cunda el pánico.
Sí, una quejumbrosa escalera recibe mis zapatos colegiales
y destapa y ondea esa independencia de pelo en pecho.
Sí, una entonces bravucona y vociferante
una hinchada en llanto y risa y nervios de principiante
una colgada como todos en el ojo del tiempo propio.
Tantos y tantos días errantes en el desierto del hogar
concentrada en el decir aparte de los mayores
llenando el vacío que a ratos hincha
para luego hilvanar una historia en demasía propia
inteligible, por supuesto, en un otrora tan cuerdo
y ese armario con sorpresas en el pasillo
no otra cosa que un mar antañoso con su completo oleaje
encerrado bajo una y siete llaves de cancerbero
silencio y secreto pocas veces entreabierto
baúl de piratas y cueva de duende maldito
deseando la dolencia para violarle el sello
y las albas paredes de adobe
desnudas y sin cáscara en medio de las tembladeras
y los libros que derrumban sobre la cabeza
y la invasión de maestros componedores
y el polvo y el desorden y el silencio arrinconado
y la tremenda molestia del ajetreo.


Vanidad.
Vanidad de la materia que acoge el recuerdo
cual cofre silente entregado a la retroexcavadora.


Progreso
frío y bello como el hielo azul de los glaciares
que pudiendo apenas y con la venia de dónde la carretera
tampoco sabe ni pregunta
y toma la sartén por el mango y entierra bajo el trueno del hacer
el bellísimo pensar y encadenado al fuego
que una vez ya nos fue arrebatado.







En www.vitrinasur.com




La estaca, de Jorge Torres

(Valdivia, 1948-2001)






He atado el reclamo del viento a una estaca
para sumergirnos en las aguas del deseo.
Mareas detenidas por tu inmenso pelo rojo,
se confunden las algas, el sargazo del tiempo
medrando a la vera de los humedales.
Allí acuden las angulas al desove,
allí donde los pezones de tus pechos
se amoratan


de avidez.

Todo crece bajo el légamo portentoso de tu río,
crece

el vello de tus axilas, en medio del pubis, la revesa
mece
traídos y llevados por la levedad del oleaje juncos y
totoras de tu playa,
crecen.


Un pez pasa besándote los muslos.
Se estremece mi animal,
¿y qué es la caricia si no la culminación
de la bestialidad enmendada?

La estaca se ha roto.
Se ha roto la estaca.
Ahora estamos por fin a merced
de nuestros vértigos.








En La dicha vacante, 1999







Retrato: Mariana Matthews






Tu loca del carruaje, de Ana Rosa Bustamante

(Arica, 1955)









Aquí está tu loca del carruaje,
la que danza sola,
la que sueña que vas entre arboledas
fragantes algún domingo,
entre verdes ramales,
movidos por vientos tus dueños
con tus pasos firmes
aplastas la hierba húmeda
y resbalas,
y tu mano afirma el morral aquel
donde llenas de versos,
de recuerdos,
de emociones del abuelo,
de imaginaciones solitarias
y logras afirmar el paso
bajo una lluvia,
que avasalla todos tu caminos
tengo tantas ternuras que entregarte,
tantas.
¿Por qué te digo esto?,
me has construido el mundo
en palacio,
sabiendo que no hay palacios
habiendo dolor,
habiendo lamido el plato
un niño,
un hombre que muere en los mares
inconscientes buscando un sustento,
pero contigo esbozo los tejidos
de un pensamiento floreciente,
florecen unas manos
que construyen,
tú me has dado tantos palacios
de esperanzas,
en un beso de tus labios finos,
con tu existencia y una lejana mirada,
siento que prendo a tus fronteras
las irredentas, las ajenas, las olvido
no tengo esquina ni horca ni sombra,
siempre seré suburbio de tus vidas
nunca tendrás mi olvido,
nunca tendrás mi olvido.









Envío a Anahí, de Jaime Luis Huenún

(Valdivia, 1967)






Era madrugada y yo
cortaba flores para ti en mis libros de poesía.
Llovió largo sobre el mundo y en mi sueño
se abrieron los primeros rojos brotes de poroto.
Hacia el bosque volaron los güairaos,
y el tué-tué cantó tres veces
sólo para confundirme.
Amanecí después: mariposa era el cielo,
liebre era la tierra corriendo tras el sol.
Te vi luego zumbando en las oriillas de la miel,
haciendo olas en la blanca
placenta de tu madre.
La muerte es lo que escribe
el agua sobre el agua, me dije contemplando
el rocío de las hojas.
Lloré, entonces lloré,
sólo por el delirio de respirar tu aire.









En La memoria iluminada:
poesía mapuche contemporánea, 2007