FRONTERA SUR

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Los canelos resplandecían plata, de Adriana Paredes Pinda

(Osorno, 1970)








Los canelos resplandecían plata
que jamás veremos
hablaban
como si el mundo fuese
un puñado de estrellas
en tu boca
aporcando
la siembra.
Ahora el Bío-Bío solloza
en el ciego eltue de mis cántaros
es un niño
buscando
la mollera de su madre
las mieles
de su madre
Genpin
cuál es la distancia entre tu aliento y el mío
en qué
trigal
anudamos
los ojos tardíos a la danza del puma
cándido
Genpin ah Genpin
quién
te reconocerá sino yo.



En Üi, 2005



Fotografía: H. González de Cunco

Las bandurrias de noche..., de Carlos Barrientos

(s/a ref.)






Las bandurrias de noche son huilliches.
Entonces, no limitan. Entonces, arden.

Las bandurrias de noche son esos hombres. Entonces, no limitan.
Arden sus sombras en una sola hoguera
Arden sus lamentos y toda esta hierba,
Ola de agua nocturna que sostiene el espacio
Como vaso de un ‘bon vino’.

En tanto, nosotros nos tornamos tan desolados
Que es tan sencillo ahogarse en estas nítidas manos
Porque de noche los hombres son como las bandurrias
Con el lamento a flor de ojos.

Ojos, sangre, aves
Fondo de ojos heridos
Que surcó la muerte para amurallarse en labios.

De ellos mana saliva como un elixir de todo siglo,
Mientras en el inmenso día de la ciudad
Los espíritus no aprenden a morir.





En Prepárame, amor, para escribir el comienzo, 2007.




Fotografía: Jorge Uzon



Tercer oleaje: Del abrazo y los descensos, de Roxana Miranda Rupailaf

(Osorno, 1982)








3




Un camino se abre en el medio del mar.
Tú estás al otro lado.
Intuyo los alientos y el oleaje que hay en ti
es el mismo en el cual se sumergen las sirenas y los peces.
Los cantos se suceden en mi lengua.
Gaviotas que devoran mi vestido.
Yo estoy aquí mirando las luces de tu cuerpo.
Yo siempre estoy aquí.
Entro al mar algunas veces y regreso.
Un camino se abre en la mitad del cielo.
Atorarme de sal es mi deseo.
Llenarme de la espuma y del aceite marino
que te envuelve.
Muérdeme, te digo.
Muérdeme el descenso
de irme
de irnos hundiendo en el fondo
de un mar, un océano,
la casa habitada,
el fondo, la arena, el castillo:
las mieles de un final que nos consume,
la piel que se llena de escamas,
los senos que se abren,
los cuerpos de plata se entrelazan.
No acaban de hundirse.
El final,
el final,
el final
es un beso interminablemente frío,
en el cual perdemos el sentido,
los sentidos
la sensación del cuerpo que se acaba.





En Revista Pterodáctilo nº9, año 2010





Fotografía: Graciela Iturbide


Así simplemente, de Delia Domínguez

(Osorno, 1931)













Tú serás el remanso que busco.

Adivino secretas nostalgias crepitando en tus ojos.
¿Esperabas mi beso?
¿Presentías acaso este encuentro?
Desde lejos me prendí a tu silencio.
Traigo un cáliz de luna, pleno de sangre joven,
quiero vaciar su bálsamo en tus cuencas
para que tú me anheles... para que yo te sienta.
(Verás las horas negras que dejaron en mi alma su simiente.)
Pero qué importa este amor doloroso. Estoy contigo.
Déjame acariciarte.
Tú también sueñas y lloras. Sé que sufres por eso creo en ti.
Eres el roble solitario y yo la madreselva.
Treparé hasta tus labios. Ahogaré en ellos mi locura.
Soy tan triste y salvaje,
soy engendro de lluvia y copihue, de paloma y torrente.
Yo deseo tu cuerpo en mi cuerpo.
Así simplemente te revelo mi ansia porque es verdadera.
Ven... iremos esta noche a encender las estrellas.











En Simbólico retorno, 1955








Nosotros que amábamos el viento, de Bernardo Colipan

(Rahue, 1967)







Nosotros que amábamos el viento
que golpeaba los techos de zinc en la noche.
El camino sin nombre de un pueblo.
Los feriados de semana santa,
sólo a ratos sentíamos
el silencio
entrando en la vibración
que ahora nos arrastra.
Pero torcemos el aliento
oculto detrás de una palabra.
Y terminamos el uno
buscándose en la mirada
del otro. Solos,
como animitas a la orilla del camino
nos abandonamos sin comprometer al tiempo
en ello.





En Kallfv mapu,.Tierra azul, 2008.




Baja la niebla, de Adriana Paredes Pinda

(Osorno, 1970)







Baja la niebla en esta niebla
lican
del pangui
baja la niebla en esta niebla
henos aquí todos untados con el aire ácido
relambíos
las orejas y pezones
por las lenguas del ozono
henos aquí, Jaime Luis, tal cual
dice
usté
"VIUDOS DE NUESTROS DIOSES"
quizá
se acerque nuestro día
"nosotros como el sol no tenemos amanecer"
baja la niebla en esta niebla
las maldiciones
son acero
en el ojo mendigo de los aciertos
la palabra
que condena
ebria
trasnochada, Huenún del bajo
baja la niebla en esta niebla
lican
del alto
donde
dormirá
relámpago
dónde
la lluvia apaña su inocencia
y los pájaros
ah los pájaros Jaime Luis quién
podría arrebatarnos los pájaros.










En Üi, 2005











La Putaciencia, de Persus Nibaes

(Puerto Montt, 1977)









Me gustaría ser más inteligente y no hablar tanta cagá en clases y tocar la guitarra como May y subirme a las cuerdas del cielo para volver atrás y no haber fumado tanta mota q me queme los pulmones y terminar mi novela Chiloé de niños q vivieron queriendo ser más inteligentes y terminaron como profesores de historia gordos y desafinados y quisiera hacer una melodía con el sonido de tu boca y una ópera con el sonido de tu corazón al despertar y pensar q no fui a la escuela a perder el tiempo como creo porq no me vale de nada la publicación en el colegio lo que me vale es haber ido a la luna y gritar desde ahí que yo te amo mas no fui ni a la esquina y no grité tu nombre y tal como hace 15 años repito que no es más valiente el hombre q mata a otro ni es más cobarde el hombre enamorado sino aquél que no se atrevió a decir lo que sentía a una niña q se transformó en una mujer enferma y triste y bueno quien no si él no le dijo nada y no me vale saber nada de historia porq la historia no vale sino q vale el dinero y el oro y los bancos y la plata y no vale nada más q los placeres porq no saco nada de saber lo que pasó y está escrito si no sé lo que pasa y ocurre en mi planeta q se vuelve loco cuando está cerca tuyo y se le ponen lo nervios de punta cuando me miras y te miro y no puedo negar que te comería a besos la mirada y soñar q fuimos juntos al bosque de alerces milenarios sumergidos pero q estaba lleno de pudúes y monitos del monte no quemados como todos los bosques de alerce que quemaron importantes colonos alemanes cuando llegaron al Chaurakawuin y Melipulli y te digo no soy hermano ni hijo ni esposo y no me comprometo con la historia de nadie y no creo y no lloro y te dije hace mucho años que no amo porq no creo en esta maldición ni en Narnia ni en Gaia ni en la putaciencia y menos voy a creer en la Blavatsky y sus discípulos así que yo me voy con cualquiera a la cama porque para eso nací para follar por la tristeza de no ser más inteligente me gana la mano el día que me dijeron que Chile era un país porque de niño sabía q no lo era más q una playa y una cordillera y un montón de tontos q respiran humo y se creen mejor q los peruanos y más q los bolivianos porq tienen mar y en Bolivia celebran el día del mar y no saben q los chilenos tiran al mar la basura de sus calles y de niño prometí nunca más me iba a bañar en Pelluco porque habían gollos flotando y no quiero comer caca como en la película de Pasolini quiero comer manzanas como en el disco de González y fornicar y fornicar y no sentirme triste a tu llamado sino cantar y cantar q al maestro Segovia lo llevaban a Alemania y aquí ja aquí se reían de su pantalón y ser más inteligente como digo y más inteligencia emocional y cantar una melodía a dueto sin la muerte con la Caballé sin desprecio sin maldad sólo por el eterno gusto de cantar






En Perromuerto






Fotografía: Alex García Ruiz





La mujer del César, de Elizabeth Acuña

(Chillán, 1946)







La mujer del César usa las uñas cortas
no se pinta los labios, habla despacito
y en los salones tiene cuidado de sentarse
con las piernas juntas.

La mujer del César obedece mansamente
porque la paz del mundo
depende de su boca.

La mujer del César escribe cartas
que no envía a nadie
porque no es propio de ella,
contar a otros, que en sus rezos olvida
algunos mandamientos.

La mujer del César se confiesa los domingos
porque durante la semana,
en secreto,
ofrece manzanas al prójimo.

La mujer del César no mira el trigal ajeno
ni se envanece en los espejos.
Ella cultiva amapolas encendidas
en un jardín oculto donde no es necesario
sentarse con las piernas juntas.




Diario de una bruja, de Jaqueline Lagos

(Osorno, 1964)








Entre rodillas
En penumbras,
Preguntas:
¿hay sol afuera?
Sí, respondí
con mi frente en las rodillas.
Tú,
en las notas de Jimmy Hendrix.
Cuanta basura he mordido,
y tú,
en el ocio disfrazado
me obligas a ver el sol,
cuando ya no hay estrellas en los nidos.

Entre empujones callejeros
he visto chutear al hijo,
las nubes acogieron los gemidos...
y tú,
guitarreando un invento,
sin oídos.
Me congelo en el veneno,
anudando mis palabras
izando una bandera seca.
Esquinada,
entre rodillas cansadas
he visto chutear al hijo.
Y tú,
saboreando un rock añejo.

Niego la comparsa
embaucada por sonidos.

Me esclaviza,
el perro que ya no ladra.
En la estancia,
murieron lo ciruelos
El río, va quedando viejo,
ya no volverá el hijo...
En penumbras,
invernaré granizos
mis puños, mis pies, mi boca
divagan promesas,
maldiciendo cruces
en el fondo del sepulcro.

Mientras tú,
bebes ron y cigarrillos.
Mi garganta es una sombra,
sin ruidos
calcinada, ausente...

Rotas mis manos,
callan los rasguños
mi espalda retorcida
escucha notas de guitarra
Yo, Madre-Hija
¡he visto chutear al hijo!












Entrada a ti, de Roxana Miranda

(Osorno, 1982)







Entrada a ti,
raíz en sangre
disolvía las sales
en movimiento
Yo.
Cucharon de palo

en fuego.


Rojo de tus lenguas vegetales.


Tu fregona de olla.
Saliva concentrada
bebiendo en tus esquinas
lo que el movimiento
no alcanzó a salvar
de la cocción de zanahorias y porotos,
ahogados en aceite
hasta los gritos.


Nosotros nunca comeremos en la mesa
sino hirviendo a toda llama
junto a ruidos de teteras.









En La memoria iluminada:
poesía mapuche contemporánea, 2007




Comienzo a confundir el vaso con el cenicero, de Harry Vollmer

(Osorno, 1966)







Entonces, no me queda más que beber como siempre he bebido,
camino al baño le diré a alguien que las palabras nos duelen.
Que es fácil ver las estrías que deja el tiempo.
Peumo e Lingue como dice un amigo que fue amigo.
Ves, no tengo a quien pasarle este cigarro que me consume,
mejor será recordar a alguna alumna poco exitosa pero protuberante.
Gritar a la salida del bar donde ya no atienden.
El taxista siempre tendrá la respuesta necesaria.
Las esquinas son el mejor dormitorio en este momento
si no estás a mi lado, y si estuvieras no te irías conmigo.
Entro donde las putas, me cuidan como el hijo que nunca cuidaron.


Malo es beber sin compañía, dijo un poeta que siempre bebía solo.
Yo sé que las magnolias aroman el pasto en algún bosque a lo lejos.
Ebrio no me interesan los mendigos que cojean a mi lado,
porque ya no soy el que fui o podría haber sido.
Con el afán de antes ya nunca más Faraón construyendo su tumba,
solo un argonauta flotando en el infinito de un rostro.
Solo un borracho más, perdido, ahogado por un cuello.
Sofocado por el lóbulo ardiente de una oreja.











Veo la suerte por las yeguas, de Delia Domínguez

(Osorno, 1931)










Se revuelcan las yeguas en el pasto ovillo como jugando
como muriendo las yeguas.


No se paran las yeguas, yo digo es la malura,
yo digo alguien muere hoy
algo grande va a pasar aquí si no se paran pronto
estas yeguas mulatas
que me trajinan por el sistema arterial
por el hueso sacro
por el sistema cerebro-inmemorial
con toda la historia de la casa como las Polonesas
el Danubio y la Marcha Triunfal.


Las señales no mienten,
si no se paran las yeguas se nubla toda la suerte.
Naipe revuelto a estas alturas
nadie puede ordenar a los hijos del paraíso.


Todo es un galope de yeguas volteadas
sobre el óxido empastado de América del Sur.









En La gallina castellana y otros huevos, 1995.





Vigilan tus pasos, de Carlos Winckler

(Osorno, 1965)





Te hablo desde el círculo
en que soy sometido a juicio.
No todo lo que brilla.
No todo lo que piensas.
No todo lo que sabes.
No todo lo que crees.
No todo lo mucho que quisieras
y lo mucho que desees.
Se te ha visto bajo la influencia del alcohol
y de Ezra Pound.
Se te ha sorprendido en estado de ebriedad
y en estado de sitio
y en Estado con la alameda
a las tres de la mañana.
Se saben tus desviaciones,
tus debilidades, tus secretos,
tu inclinación al sexo, las drogas y el rock 'n roll,
tu tendencia oculta hacia las causas perdidas,
hacia las últimas causas de todo y su final.
Se conocen tus correrías
tu afición al juego y a la bebida,
tu adicción al mezcal y la galantería
con toda dama de dulce piel.
Se te ha escuchado insultar a la virgen,
proferir maldiciones,
protestar contra el presidente
y leer Los Versos Del Capitán.
Todo se sabe en este mundo.
Todo se paga en esta tierra.
Central Nacional De Informaciones
e Impuestos Internos respectivamente.






Colaboración a Frontera Sur
de Carlos Almonte



Konaqul, de Bernardo Colipán

(Rahue, 1967)





a José Santos Quilapán


En la mañana se posesionaron de ti
dos achimallén.
Y te causaron tristeza.

Y te vinieron a ver
dos anchimallén.
Aunque te hubiesen llevado por toda
la tierra abierta,
cobrarás nuevos ánimos,
capitán de mocetones.
Confusa es la palabra del cuchillo
clavado en la tierra. Luminoso
el misterio
anterior a nuestras vidas.
Cabalgarás de nuevo en tu caballo,
Pillán de regiones celestes
Aún late en tus manos el corazón
del cordero
muerto en la mañana.








En Epu Mari ülkatufe ta fachantü: 20 poetas mapuche contemporáneos, 2003



Relámpago, de Adriana Paredes Pinda

(Osorno, 1970)








Heme aquí atravesada por el
Relámpago.
Muge el toro del amanecer sus presagios tibios.
“Meli pu pillan meli pu pillan” -dice
la dueña de mi furia y de mi nieve.
Muchos escaparon al silabario de la estirpe
Enterraron sus cabellos en casas extranjeras.
Hora que viene
El mar
Montado en las blancas caderas de la luna
A pedir niños febriles, cerros vírgenes
¿Dónde iremos, kai - kai filu,
Para no ahogarnos en tu rito de miedo y espesura?
Mi abuela me dio de comer
Cuando todo estaba enterrado
Sorbió mi corazón
Quiso sembrarlo junto al suyo.
Los volcanes hambrientos de luciérnagas
Amamantan
Niños que se resisten a morir. Desmigajando
Sueñan el pan de las primeras estrellas. Dormidos
Nos hablaron. Tantas lunas que anduvimos perdidos
Ustedes con sus toros, sus pumas, sus culebras.
El tatuaje del miedo
Quemadura en el ojo mendigo del tiempo. Yo,
Oreja de Treile,
No sabía del bosque incendiado por los durmientes.
Fue tomando nuestro árbol
Bajamos entonces con metawe. Abrieron
Sus gallos balbuceantes
Las vertientes. “Traigan mvrke, muzay, traigan.
Prepárenme una cazuela, una conversación
Buenas palabras. Son muchas las lunas
Que nos separan”. Dime ahora
Relámpago perdido entre pluma y pewma
Si el último mate fue cebado por la noche
Dime
Si no tiene cueros mi alma
Y a punto de ponerse el sol entrego
Mis cabellos.
¿Cómo tejo la flor del yuyo
en estas montañas
que obligadas fueron a perderse sin sus pájaros?
La tierra arde Tranamil “nos vamos
A hundir en juego o agua”. Ya no
Hay bosque que empujen las vertientes.
El trapial pide su monte, sorbe
Desde Icalma
Llvfken su semilla ciega. Somos
Un Rewe abrazado por la furia.
Foye Newen Kusé foye Newen Fvchá
Fuego de Kultrúng
Al amanecer mis ojos sueñan. Veo
A mi padre montado en su lanza
Es un niño verde en las frutas del copihue.
“Kvlapang” es quien viene – me cuenta
amanece la Puigua montada en sus tres pumas
Ralüm noctámbulo alumbra
Sus pálidas torcazas. La rabia está anunciando
Torva
Sus párpados ríos nupciales. Venga
A danzar –me dice- venga
Y mientras ardemos
Vuelva a reunirse con su padre enmontañado por el
“Trueno”.






En su libro inédito "Ralüm"


Fotografía: Pedro Aros





Salmo 1492, de Graciela Huinao

(Rahue, 1956)









Nunca fuimos

el pueblo señalado

pero nos matan

en señal de la cruz







En Walinto, 2001




Fotografía: Zihuatanejo, Graciela Iturbide


Eva, de Roxana Miranda Rupailaf

(Osorno, 1982)




Quiero sentir el calor de su boca
y el animal desatado de su lengua

y caminar sobre sus dientes,
desnuda.
Encontraré su aliento y volaré
siguiendo la paloma que cruza las palabras,
me tentará la manzana que cuelga en su garganta
y la ignoraré porque 2000 años
me han dado la experiencia.
Un suspiro me arrastrará por todo su pecho
y al fin, entre lágrimas rojas, encontraré a dios palpitando
en su trono.




En Las Tentaciones de Eva, 2003