FRONTERA SUR

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Ocho, de Elena Muñoz

(Aysén, 1945)






El reloj me dice
que llegó el invierno
Subiré entonces
con manzanas y flores
diciendo que llegó la lluvia
Quizás ahora
volverán mis risas
de tarde en tarde
Y encontraré tu aliento
que aún brota, escondido, 
en una solitaria puerta.



En Mesa para diez, 2009.


Quiero, de Eugenia Toledo-Keyser

(Temuco, 1945)






Quiero la historia de antes
y las incógnitas que me esperan

Capturar el objeto que pasa inadvertido
como soplo de otros tiempos

La espiritualidad de lo mínimo
el valor de lo simple

La levedad de la superficie
las arrugas imperceptibles en el agua

Quiero lo que escondiste
quiero volver a verte

Quiero tu curriculum vitae
quiero lo que me prometiste

Lo que es y aún sigue siendo
lo que aún siendo no es
y aún no siendo
voy a su encuentro.





En Tiempo de metales y volcanes, 2007.





A Teófilo Cid, de Eduardo Fonseca

(Temuco, 1962)








Yo te conozco,
te he visto caminar
sobre aguas oscuras
"con un vino amargo"
en el cuerpo,
llorando dolor
y sangre muerta.
Te he visto venir
de lejos
con toda la lluvia
a cuestas,
débil como una hoja,
marchito y solo
como tu sombra.



En Poesía, 1990.



Fotografía: Jorge Uzon





Fuga, de Rodolfo Hlousek

(Chillán, 1977)









la historia de Chile
se ha escrito de fugas;
me he decidido
adentrarme a territorios pluviales
ojalá no se fugue
y digan que me vieron en Valdivia
recuerden, nada es real
ni las palabras que se usan
para contar esta sencilla historia de la fuga
no me cuenten ni me señalen
podrían revisar después de consumado el acto
pero no se fugue
que vieron mi presencia
hay otros dolores
no sólo el Sol de invierno.
Hoy hago presencia
dentro de la vegetación
entre las Ánimas
vestido de negro
y sombrero azul
no soy lo que ven
¿podrías asegurar
que el reflejo de agua
es lo real?
¿lo podrías desmentir?
silencio!, es tan sólo agua.
todo es ritmo
flujo y reflujo
el sur
la inmersión del mundo
el humedal largo y estrecho
éste país
es mío
67
todas las monedas
generadas por el hombre
es mío
el ganado, los cisnes,
el fragor de lo frondoso
es mío
la mitología
la marea al fondo
la mesa puesta
en medio de mil hectáreas
es mío
la imprecisión de los asalariados
es mío, su tormenta de billeteras es mío
la prosperidad del ocioso
el giorgio en los muros
las señoritas núbiles
la magia, la tele transportación
la sonrisa de los marineros
los bares y expendios ventosos
son míos








En 0(orden), 2010.





Sonrojo, de Javier Aguirre

(Bilbao/España, 1973)








Mi corazón no tiene desperdicio:
unas veces se afana, otras se enoja;
busca el hálito azul de cada hoja,
busca en cada palabra un precipicio;

mi corazón busca el menor indicio
para recuperar su sangre roja,
porque cada palabra que le escoja
le lleve hacia la luz de un nuevo inicio;

mi corazón está fuera de quicio,
son un árbol de sangre mis pulmones,
otro país su despertar aloja;

mi corazón, la sombra que acaricio,
tiene múltiples ramificaciones,
sólo con otra sangre se sonroja.








Abandono, de Omar Huenuqueo

(Labranza, 1971)







Y aquí estoy,
en lo alto de esta quebrada
como un águila de veinte años
que picotea una roca
con la visión de volver
al bosque rejuvenecido.

Aquí donde apenas es posible divisar
algunas antenas de radio de algunas ciudades.
Oculto bajo el ala de la noche
la fuerza del tigre se me fuga
como una hoja de las manos del viento.






En La memoria iluminada:
poesía mapuche contemporánea
, 2007.





Fotografía: Héctor González de Cunco



Aromos rubios en los campos de Loncoche, de Pablo Neruda

(Parral, 1904 - Santiago, 1973)







La pata gris del Malo pisó estas pardas tierras,
hirió estos dulces surcos, movió estos curvos montes,
rasguñó las llanuras guardadas por la hilera
rural de las derechas alamedas bifrontes.


El terraplén yacente removió su cansancio,
se abrió como una mano desesperada el cerro,
en cabalgatas ebrias galopaban las nubes
arrancando de Dios, de la tierra y del cielo.


El agua entró en la tierra mientras la tierra huía
abiertas las entrañas y anegada la frente:
hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas,
rodaban —ululando como tigres— los trenes.


Yo soy una palabra de este paisaje muerto,
yo soy el corazón de este cielo vacío:
cuando voy por los campos, con el alma en el viento,
mis venas continúan el rumor de los ríos.


A dónde vas ahora? —Sobre el cielo la greda
del crepúsculo, para los dedos de la noche.
No alumbrarán estrellas... A mis ojos se enredan
aromos rubios en los campos de Loncoche.







En Crepusculario, 1923.




En el País Nocturno y Enemigo VI, de César Cabello

(Santiago, 1976)









"Si los bueyes adoraran dioses
se adorarían a sí mismos"
Jenófanes





1. Me alejo de la música / las academias

y la partitura


                        Al hábito de buscarle sentido

                        en el orden de las cuerdas

                                    renuncio




Estoy dispuesto a abandonarme

cambiar la ubicación de los libros
tragarme la llave / y caminar en la obscuridad
descalzo



Anoto: la conciencia.




2.Reniego de mis pasos / los amigos

el recuerdo

                        de la mujer y la familia / me aparto




A la cifra y a la arruga

dejo la enumeración/ los años

                                    las notas de esta partitura



No es de Sombra componer

para el lastre de la herencia



Anoto: el cuerpo.





3. Trato de mantenerme despierto

que el farol en su vigilia / me acompañe


                        A la luna temblorosa / no le ruego

                        de lo certero y lo terrestre
                                    no soy amigo



Gusto de la noche / el equívoco y los laberintos

A las cosas que son una / pero asemejan a otras
en el oficio de insinuarlas

                                    me aferro



Me he vuelto casi un animal / un fantasma

el guardián que por las noches
sube a roer los instrumentos


            Se ha borrado mi lecho de todo mapa

           de toda lista negra han quitado mi nombre
           en ningún Tratado de Música aparecen mis versos



He caído prontamente

en el olvido



Anoto: la obscuridad.










                          *



Apartado/resumo:


                Soy como el ladrón de la fábula india

               que robaba campanas / cuando la tarea era
               guardar silencio.











En Las Edades del Laberinto, 2008










No puedes emocionarte con tus poemas, de Ricardo Herrera

(Temuco, 1969)










No puedes emocionarte con tus poemas, poeta
debes mantener distancia
reírte a lo sumo
para eso Parra leyó a Pound y leyó a Eliot
más respeto con Cárdenas y no borres de un plumazo
a la generación anterior
que cada poeta ha construido su muro de adobe y cristal
con sangre, sudor y lágrimas


no puedes escribir mirándote al espejo
sintiéndote un cristo barroco con la cita a flor de labios
debes guardar distancia con la nostalgia
(ese territorio situado entre la nieve que cae
y la muchacha que acaba)
no te creas el hoyo del queque o de la sopaipilla
porque lees a un rapsoda de la antiguedad o la baja edad media
que sólo tú conoces


no te creas la guinda de la torta
porque pisas sobre los carros pisanos
o le azotas la nalga a tu negra con un gato negro: no bebas tanto
cuidado de andar por la vida oficiándolas de escribidor
fumando opio tendido en un sillón de mimbre
observando el océano de cuero o badana
leyéndoles poemas a las gallinas sobre una plataforma metálica


neones y glamour, poeta, en el barro de la aldea.









En Sendas perdidas y encontradas, 2007











Fotografía: Alexandra Demenkova





Eva, de Franco Ibañez

(Temuco, 1960)





Eva se come la manzana parada en una
esquina
bajo la luz de un farol

y espera un bus que nunca vi pasar

solloza sobre el televisor encendido
miente...sonríe
y su grito se pierde
en medio de un tumulto enloquecido
mientras el ayer no existe


y su cabeza en llamas
como una carcajada flotante


y su nombre que estalla en mis sienes


y ella allí
en el mar...en la tundra
también se despide de si misma
se despierta con las sábanas pegadas al
cuerpo


y susurra un nombre
que no es el mío...









En Revista Arieté nº 1, 2006






Ella que envejeció escribiendo, de Juan Huenuan

(Temuco, 1977)








Tu falda subiste como ciega abandonada a los sentidos.
El templo a las piedras, escucharon decir
y enseguida lo atoraste con monedas.
Ya no hay tres días para alzarlo como témpano,
ni suficiente escarcha en los recuerdos de la tribu.

Aún mayor,
proscrita lanza fuiste.
Saciaste las bóvedas del emporio.

Renunciaste a ver con ambos ojos el espectro
y ciertas veces,
con un rezo silenciaste otras voces.
Ahora se te ha visto interrogando tronos,
ellos, sepultureros de castas y coronas.
La leche que bebiste con sandalias y túnicas
son laureles atados a la sien de tus estertores.

Aún mayor,
opio jugando en la cavidad de los egos.

¿Ya no hay venas que puedas desangrar
hasta bautizar un estandarte en los suburbios?
Proscrita lanza fuiste
cuando la vocación no era de máscara
o adorno durmiente del muro.
A veces fuego,
cansada de ser fuego en la vanguardia.








Balada a un amigo muerto, de Venancio Lisboa

(Valparaíso, 1917 - Temuco, 1993)







Tus ojos y los ojos de la tierra
Se han cerrado
Al juntarse vuestros párpados
Y adentro te has quedado,
De alrededor desnudo;
Sin nadie en compañía,
De cuerpo despojado.

Mi entendimiento ahora
Te sirva de camino y tránsito.

Anda y vente,
Sal y vuelve,
Prende a tu antojo
La luz de mis imágenes.

Amuebla tus mansiones
Requiéreme paisajes.
Registra mi memoria
Y encontrarás de todo.
También tu cuerpo, que recuerdo,
Póntelo.

Invita a otros muertos
Si lo quieres,
Por no encontrarte solo,
Eres
Dueño de todo.









En Poesía Chilena Contemporánea, 1997





Fotografía: La Tarde, 1978
C. García Rodero



Gaviota, de Alfonso Calderón

(San Fernando, 1930 - Santiago, 2009)






Alta, sonámbula en la lluvia iba ligera.
De tumbo en tumbo, y en un ayer glorioso,
el viento la ceñía. En sueños, regresa
a Selva Oscura y a Rarinco, a Púa

Mulchén o Quitratúe. Mi madre tararea
un aire antiguo. Vítreos los ojos hondos
se le han vuelto. El viento la traía
y la llevaba. En medio del puelche,

me hice más seguro y busqué pactos
de sangre con piratas. Molían ajo
en un mortero de madera y todo era
llorar. Se cerraron las piezas
para el niño que yo fui. Nube a estribor,
desde un navío de Salgari. Sus alas
enneblinan, y un ocho de febrero, así
                        se quedó muerta.









En Isla de los Bienaventurados, 1977





La Casa, de Pablo Neruda

(Parral, 1904- Santiago, 1973)







Mi casa, las paredes cuya madera fresca
recién cortada huele aún: destartalada
casa de la frontera, que crujía
a cada paso, y silbaba con el viento de guerra
del tiempo austral, haciéndose elemento
de tempestad, ave desconocida
bajo cuyas heladas plumas creció mi canto.
Vi sombras, rostros que como plantas
en torno a mis raíces crecieron, deudos
que cantaban tonadas a la sombra de un árbol
y disparaban entre los caballos mojados,
mujeres escondidas en la sombra
que dejaban las torres masculinas,
galopes que azotaban la luz,
                                    enrarecidas
noches de cólera, perros que ladraban.
Mi padre, con el alba oscura
de la tierra, hacia qué perdidos archipiélagos
en sus trenes que aullaban se deslizó?
Más tarde amé el olor del carbón en el humo,
los aceites, los ejes de precisión helada,
y el grave tren cruzando el invierno extendido
sobre la tierra, como una oruga orgullosa.
De pronto trepidaron las puertas.
                                    Es mi padre.
Lo rodean los centuriones del camino:
ferroviarios envueltos en sus mantas mojadas,
el vapor y la lluvia con ellos revistieron
la casa, el comedor se llenó de relatos
enronquecidos, los vasos se vertieron,
y hasta mí, de los seres, como una separada
barrera, en que vivían los dolores,
llegaron las congojas, las ceñudas
cicatrices, los hombres sin dinero,
la garra mineral de la pobreza.






En Canto General, 1950





Embriagado, de Miguel Ángel Manosalva

(Temuco, 1962)





Embriagado sin vino
sin cerveza
sin alcohol.
Supeditado al espacio
abrigado,
cobijado,
sonriendo...
no se escribe mucho,
se siente,
este estado del alma:
pleno
libre
satisfecho
liviana la consciencia,
feliz.
La risa
la sonrisa
y los caminos
que se abren
y los amaneceres lluviosos
como gotitas efervescentes
cayendo sobre mi piel
borrando todo vestigio de dolor,
revive,
se descubre
siente
y con el humo de Maullín se conserva
cada uno de sus surcos,
huellas de mi vagabundear por caminos
que algún dia soñé.
Hoy.
Hoy murió el ayer.
Hoy, es otro día,
después el anochecer.






En Revista Arieté, nº 4, 2008








Fotografía: Cristina García Cordero





Oda a la que nunca, de Guillermo Trejo

(Temuco, 1926 - Santiago, 2005)




Me desanduve desde el mío
para encontrarme al tuyo
que expía al que te espía.

Y de pronto te tuve, rayo
en el placer que el tiempo mata.

Te supe entre mis labios.
Dije tu nombre.

Tus ojos me miraban desde un siempre
los apetitos de mi cuerpo.

Esplendías tu nada en mis olvidos.
Te ibas aunque nunca
habías alcanzado a estar en mí.

Hartazgo fuiste en lo harto y en lo mínimo
de miel de náuseangustia mientras
miraba desandarme a mi otro.





En Secreta Víspera, 1995







Seguramente en algún lugar está dejando de llover a esta hora, de Ricardo Herrera

(Temuco, 1969)







Escríbeme un poema antes de acostarte, por favor
antes que cierres tus ojos y yo abra los míos en tu sueño
un poema donde te llames la nueva Lou de Apollinaire
y cantes sacudiendo un nogal.
Que ninguna palabra haga nacer la tristeza en tu bello poema
que todos los que se quieran matar lo lean y se enamoren de golpe de ti
porque cada palabra es una estrella fugaz cayendo en el corazón del lector
y uno sabe al tiro al leerlo que eres tú misma a la orilla de un río
tú misma que llenas una hoja entera de cuaderno con mi nombre
y le dices a tu mejor amiga que en algún lugar deja de llover si no puedes verme.
Que tu poema lo lean en Argelia o Codegua y el alma del oyente quede temblando
pequeña diosa criolla
que le dé bronca al silencio y se tape las orejas con algodón untado con tus lágrimas
y se diga que hay una nueva estrella en el firmamento de la poesía chilena
léeme tu poema al oído despacito y cada cinco palabras introduce tu lengua en mi oreja
quiero escucharte mientras tocas tu piano en medio del bosque
mientras un duende baila con un pasaje de ida a Puchuncaví en la mano
y en mitad del poema saca el cintillo o el cole de tu mano y hazte un moño para que el auditorio desfallezca
o sujétalo en tu boca mientras te ordenas el pelo y pides perdón al respetable público
que a esa hora es una lágrima tatuada en tu mejilla
que por primera vez la oscuridad quiera abrir los ojos y contemplar el sonido de tu voz
dulce como el canto de una pequeña ocarina en forma de chinita o tortuga
seguramente en algún lugar está dejando de llover a esta hora
tú terminas de escribir este poema y te duermes feliz
hace días que a la tristeza le había dado firme contigo
pero ahora escribiste el poema y cierras los ojos
no sabes siquiera si me quieres pero te diste el trabajo de escribirlo
aun cuando tu madre preguntaba “¿hija le pasa algo? No piense tanto hija”
y yo sólo puedo darte las gracias porque gracias a ti
el amor es una madeja que el gato persigue por el cielo ahora.











En Sendas perdidas y encontradas, 2007









Amante o poeta, de Selva Mora

(Temuco, 1970)






Y me dijiste:
(risa y viento estrepitosos)
¡dale un hijo al poeta!
pudo haber sido mío...
Hoy te pienso
como la lluvia
nostálgica.

Te pienso luna.
Te beso espejo.
Llorando una a una
las amapolas
con que cubriste mi pecho.
Hoy te me acercas
y mi dedo se impregna
de tu distancia.





En Para callar a los dioses, 1995




Después del naufragio, de Marcia Flandes

(Temuco, 1957)








De los apartados muros
tus cercanas huellas
vienen atravesando
rostros y frases.
De las desgastadas paredes
emerge tu nombre
pleno de aromas grises.
Tu nombre
en medio de siluetas obscenas
me llama
con sus pétalos de loto.
No puedo evitar
estos pies viscerales
mis pasos se hunden
con sus raíces
doliéndose en la noche.
No puedo evitar
la soledad neoprénica
en esas bocas secas
deambulantes
bajo la lluvia de barro.
No puedo evitar
el frío de los húmedos
en orina y alcohol.